Hombre, 33 años
Testimonio

Este testimonio de sanación física y emocional es de un hombre de 33 años con un trastorno obsesivo compulsivo fóbico derivado por un síntoma persistente de piojos. Despues de 20 sesiones con un protocolo estricto de Terapia Breve Estrategica el consultante retomó sus actividades cotidianas despues de mucho tiempo de ver mermada su calidad de vida. Excelente trabajo y disposición (tú sabes quién eres).Síntoma de una historia
Hace muy poco entre la enorme cantidad de imágenes que revientan las redes sociales, de entre reflexiones y algunos memes, recuerdo una pequeña historia o más bien frase- tal vez ya no recuerdo tan nítidamente- la cual más o menos decía: que navegaba un barco pequeño en medio de altamar, por todos lados en su derredor no había más que agua, una inmensidad. Pero el barco era lo suficientemente fuerte y estable para no inundarse a pesar de verse rodeado de la marea y las olas de un mar infinito. Pensaba cuantas veces muchas de esas embarcaciones cruzan mares y océanos con apenas rasguños gracias a que mantienen una estabilidad y una fortaleza. Me puse a pensar en que yo era un barco similar, con la salvedad de que en mar abierto, yo perdí mesura y me deje inundar de esa agua inmensa que me rodeaba por todos lados. Y me inunde con esa agua. Y me sentí ahogar. Y me ahogue.
La metáfora del barco de verdad que me amoldó por cómo se dió el proceso de un síntoma que ya había hecho estragos conmigo y mi tranquilidad en años anteriores. Yo pensaba ingenuamente haber superado dicho problema pero la verdad es que me di cuenta que solo lo había suspendido, lo había diferido, no lo había resuelto con profundidad. El síntoma tangible era la aparición de piojos en mi cabeza. Pero dichos parásitos solo eran la manifestación de una aversión –que se volvió obsesiva- a ser mirado por los demás. Con más precisión tengo que decir que no era el hecho de la simple mirada de los demás, sino el sentirme invadido por estas mismas. Es decir, otorgarles una preeminencia, un poder sobre mí.
La detonación del síntoma hasta donde recuerdo, fue el hecho de haber estado en contacto con una persona con dichos parásitos, vino a mí una sensación de vulnerabilidad que hizo que yo mismo bombardeara continuamente mi mente con pensamientos de que podría haber contraído el contagio, generándome una preocupación que se volvió una tensión al sentirme observado por la demás gente. Esta preocupación se duplicó ante la amenaza de saberme descubierto del contagio por la gente que diariamente convivía conmigo, ya fuesen desconocidos, amigos, familia o compañeros de trabajo. Sería con estos últimos con los que principalmente me sentiría más vulnerable en función de la ineludible interacción diaria que tenía con ellos.
A estas alturas lo que solo comenzó como un sentimiento de vulnerabilidad, llevado por mi preocupación, terminó volviéndose una realidad. El contagio se hizo real y una cadena de sucesos y circunstancias que se volvieron bochornosas, fue mi pan nuestro de cada día. Deje de mirar a la gente –pensando que haciendo esto ellos tampoco me verían-, una sensación de amenaza se apodero de mi en forma constante. Lo que menos deseaba era que la gente me observara, y eso fue lo que termino pasando. Tuve en ocasiones que retirarme de algunos lugares, bajarme del transporte en el que andaba, porque me sentía ahogado de la tensión y los nervios que sentía por –según yo- saberme mirado por todos los que me rodeaban. Comencé a enfermarme también muy seguido de gripas.
Ante esa presión que sentía tan opresiva, procuraba que siempre que tuviese oportunidad, me enfocaría en hacer todo lo que me tocaba laboralmente, lo más rápido posible. Estuve permanentemente en “segunda” o “tercera” –dirían algunos automovilistas- siempre teníendo prisa, o simulaba que la tenía para irme vertiginosamente de un sitio o cambiar rápidamente de actividad. Sí podía tener un momento de tranquilidad, era solo cuando llegaba a casa y me encontraba a solas.
La mayoría del tiempo mis pensamientos estaban dedicados a prevenir que me vieran el contagio. Durante esos momentos encontré gente comprensiva y prudente que a pesar de ver la situación en la que me encontraba -de verdadera tensión para mi- procuraba no hacérmelo notar. Igualmente encontré personas que reaccionaron de maneras exageradas e incluso ciertamente hirientes, lo que llego a deprimirme en ciertos lapsos, al no poder vislumbrar yo una solución a lo que ya era un problema consolidado en mi salud.
Shampoos, jabones, cortes de cabello, gorras, sombreros y demás objetos busque fueran opciones para evitar las miradas que dejé que me invadieran. Nada parecía poder paliar el síntoma. Hubo personas que me decían que yo no tenía nada y que ya le parara a “mi alusin”, pero al mismo tiempo, había otras que me urgían a ponerle solución a lo que me veían “que traía”. Fue en este nivel de las cosas cuando me obligue a pedir ayuda con algún especialista, después de haber revisado artículos, páginas de internet, libros y en general información relativa al padecimiento, buscándole cuadraturas y círculos a lo que eran triángulos, hablando metafóricamente. Recuerdo que mi madre en aquellos momentos me comentó que si en verdad el contagio había sido producto de mis pensamientos, que viera lo poderosos que eran. Me generó un desaliento muy pesado en ese instante, puesto que me ponía de frente con algo que no había querido ver: si bien pensaba el síntoma como una afectación externa, la realidad es que la responsabilidad en buena parte también era mía, y no la quería aceptar. Varias ocasiones a lo largo de ese tiempo, me victimicé y reclamé a la divinidad el porque me pasaba eso, y si realmente me merecía todo eso que me estaba ocurriendo. El comentario de mi progenitora lo concluyo diciéndome –después de ver mi cara de pesadumbre- que si el pensamiento era poderoso para hacer daño -como era evidente-, en esa misma medida lo podía ser para reparar y sanar. Al momento no le hice demasiado caso, pero muy adentro sabía que lo que decía tenía algo de verdad. Lo mantuve como una nota mental, aunque al margen de mis pensamientos cotidianos. Supongo que quise aterrizar esa idea, pero más llevado por mi desesperación por buscar un remedio inmediato al síntoma, lo mantuve en el baúl de lo inconsciente y seguí en la búsqueda de otras soluciones.
Tengo que externar que la experiencia de tomar terapia para tratar este tipo de síntomas me resultó de inicio novedosa, aunque también la miré con cierto excepticismo dado que yo jamás había tomado un tratamiento de este tipo. Soy sincero al señalar mi poca fe respecto al tratamiento en ese instante, pero mi desesperación estaba en un grado que ya no me causó problema entrarle al asunto de las terapias, puesto que ya había intentado muchas otras opciones sin resultados aparentes.
“Ciclado” esa fue la primera palabra que me resonó en la mente durante las primeras sesiones de la terapia, pues retrataba de manera más precisa la forma en que estaba y me sentía. Me parece que la parte más difícil de este tipo de tratamientos es buscar romper con las pautas de pensamiento, sobre todo cuando la mía tenía un arraigo que el tiempo hizo férrea. Cómo hacer para no pensar en algo que había ocupado mi mente los últimos meses con ahinco. El acompañamiento de la terapeuta y el crear el ambiente de confianza para impulsarme a encontrar sanación fueron piedra de toque para empezar a construir un bienestar. Percibí una confianza de parte de ella que hacía mucho no experimentaba.
Las estrategias para de alguna manera distraer mis pensamientos y al mismo tiempo distraer las miradas de las personas del entorno y no sentirlas encima de mi (dejar de usar ciertos objetos de limpieza que maltrataban mi cabello generando comezón interminable; modificación de ciertos hábitos de limpieza obsesivos, playeras coloridas y desuso y uso de gorras y sombreros encaminados a trabajar la dispersión de la mirada de los otros; recuperación de actividades y hobbies) fueron escalones que fortalecieron mí confianza y poco a poco sanearon mis pensamientos, los cuales comenzaron a desviarse hacia otras ideas y pensamientos, unos más profundos y otros más fútiles, pero al final efectivos distractores que fueron minando la pauta arraigada.
Una de las lecciones importantes que he aprendido tras esta situación vivida, es la posibilidad de ir estableciendo poco a poco límites con el entorno y las personas, dado a que en muchas ocasiones solía ser permisivo de lo que se decía o se hacía. El “que dirán” me era muy significativo, me preocupaba mucho el mantener un “equilibrio” del ambiente en el que me desenvolvía y que al final era un supuesto que solo yo creía. En cuanto al síntoma, logre superponerme a la creencia de que solo volteaban a verme por “lo que traía” en la cabeza, cuando los motivos podían ser múltiples. El hecho de considerar y de pensar que podían ser mil y un causas más, me fue relajando y bajando la tensión tan opresiva que ya cargaba y que ya generaba otro tipo de padecimientos físicos.
La aprehensión por algún tipo de comentario hacía mi persona también fue una de las cosas que he ido relajando y logrando que no genere el impacto que anteriormente si tenía. Afortunadamente he ido ganando tranquilidad y eso me ha dado la oportunidad de volver a retomar actividades que había dejado de lado tanto en lo profesional como en lo personal. Me ha permitido observar mi entorno e identificar algunas cosas que no me había dado cuenta lo toxicas que son y de las que poco a poco me ire apartando (hábitos, cosas y personas). Someterme a estos tratamientos psicológicos no es algo sencillo de tomar, sobre todo cuando para mi significó el tener que ser frontal con el problema. Dificilmente la gente se ve a si misma y yo era un caso similar. No cualquiera mira al espejo y se ve asimismo, yo tuve que reconocerme, mirarme sin filtro. Finalmente reconocí mi falta de confianza en mí mismo, mi permisividad con la otredad (lo otro y los otros) y pues ahora, después del síntoma, considero que es lo que tengo que trabajar para poder crecer en mayor armonía conmigo mismo y con mi entorno. Seguir fortaleciendo mi confianza, reconocer mis falencias, pero también reconocer mis virtudes, es la tarea que sigue.
Hombre
(33 años)


